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Cómo el conflicto entre Irán, Israel y EE.UU. afecta al suministro de combustible en Perú

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Representación del conflicto geopolítico entre Irán e Israel afectando el petróleo mundial.
El conflicto geopolítico desatado entre Irán, Israel y Estados Unidos a lo largo de 2024 y 2025 ha escalado las tensiones en Medio Oriente a niveles inéditos en años recientes. Tras años de rivalidades indirectas, sanciones y amenazas mutuas, la situación alcanzó un punto crítico en 2025 cuando Israel lanzó una ofensiva aérea denominada “RisingLion” contra territorio iraní. En esta operación, se bombardearon instalaciones militares y nucleares en ciudades estratégicas como Teherán, Isfahán y Shiraz, provocando una fuerte respuesta de Irán. La escalada del conflicto regional estremeció los mercados internacionales, disparando el precio del crudo y generando una nueva ola de incertidumbre económica. Estados Unidos, aliado de Israel y con tropas en la región, también se ha visto involucrado diplomática y militarmente en esta crisis, advirtiendo a Irán que evite atacar sus intereses mientras refuerza su presencia naval en las zonas de conflicto. En este contexto volátil, los analistas temen que la situación pueda desembocar en un enfrentamiento más amplio que comprometa seriamente el flujo de petróleo a nivel mundial.

Tensión en rutas globales: Estrecho de Ormuz, Canal de Suez y Mar Rojo

Una de las principales preocupaciones derivadas de este conflicto es su efecto en las rutas globales de transporte de petróleo. Medio Oriente alberga varios pasos marítimos estratégicos cuyo funcionamiento es vital para el suministro energético planetario. En particular, el Estrecho de Ormuz – paso marítimo entre Irán y la península arábiga – se ha convertido en el centro de las miradas. Por este estrecho circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial, equivalente a 18-19 millones de barriles diarios. Cualquier interrupción en Ormuz tendría un impacto severo: analistas advierten que un cierre de esta vía crítica podría paralizar una quinta parte del flujo global de crudo, llevando los precios a niveles de crisis. De hecho, la mera posibilidad de que Irán tome represalias cerrando Ormuz elevó la prima de riesgo geopolítico y disparó el Brent por encima de 76 dólares por barril (WTI ~75 dólares), máximos no vistos desde inicios del año. Expertos estiman que una interrupción significativa de Ormuz sería suficiente para empujar el precio del barril hasta los $120, encareciendo combustibles en todo el mundo.

Otra ruta en jaque es el Canal de Suez, en Egipto, que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo. Aunque el conflicto es entre Israel e Irán, actores indirectos han causado inestabilidad en esta zona. Grupos aliados a Irán, como los rebeldes hutíes en Yemen, lanzaron ataques en 2023-2024 en el Mar Rojo afectando la navegación comercial. Esto generó tanta incertidumbre que algunas navieras decidieron desviar sus buques para evitar el Suez, a pesar de los incentivos y reducciones de tarifas que Egipto implementó tras dichos ataques. En 2024, varios cargueros optaron por rodear el Cabo de Buena Esperanza (sur de África) en sus rutas Asia-Europa para eludir la zona de conflicto, añadiendo semanas de viaje y mayores costos logísticos. La reactivación de hostilidades en 2025 reaviva el temor de nuevas oleadas de ataques en el Mar Rojo, lo que podría agravar la interrupción del tráfico marítimo regional y afectar incluso al Canal de Suez, que aún no se recuperaba del incremento de ataques en años previos.

En resumen, el conflicto Irán-Israel está poniendo presión sobre las rutas marítimas clave para el petróleo. El Estrecho de Ormuz enfrenta la amenaza directa de un bloqueo iraní, el Canal de Suez sufre la incertidumbre por ataques en el Mar Rojo, y en ambos casos las consecuencias serían graves: aumento de tarifas de flete, retrasos en tiempos de tránsito y encarecimiento del abastecimiento global de energía. En el peor escenario (un conflicto abierto de gran escala), podríamos ver disrupciones generalizadas del comercio global: bloqueos marítimos, ataques a buques petroleros, seguros navieros prohibitivos y, en última instancia, escasez severa de bienes a nivel mundial. Aunque este panorama extremo es de baja probabilidad según algunos analistas, las empresas navieras, aseguradoras y gobiernos están en máxima alerta.

Repercusiones en América Latina y Perú

Dada la naturaleza global del mercado de hidrocarburos, Latinoamérica no es ajena a estas turbulencias. En particular, Perú resulta vulnerable debido a su alta dependencia de combustibles importados. Actualmente, cerca del 70% del combustible que se comercializa en el país es importado, por lo que cualquier variación en los precios internacionales se traslada de forma inmediata a la economía local. De hecho, tras la reciente escalada en Medio Oriente, ya se proyecta un incremento en los precios de los combustibles en Perú: según estimaciones preliminares, el costo en grifos podría subir entre S/ 0,30 y S/ 0,50 por galón en las próximas semanas, especialmente en diésel y gasolinas de alto octanaje. Esta subida afecta directamente el bolsillo de los peruanos, encareciendo el transporte público, los fletes de mercancías y, por ende, muchos productos de consumo básico.

Cabe destacar que Perú produce muy poco petróleo a nivel local – en el orden de apenas 30 a 40 mil barriles diarios, considerada una minucia para la demanda nacional. Esto significa que el país tiene un 100% de dependencia del precio internacional del petróleo. Cualquier alza sostenida del crudo (por ejemplo a $90 o $100 por barril) tendría un impacto considerable en la canasta familiar, ya que “sube el transporte, suben los alimentos que deben ser transportados, suben los pasajes”. En el Perú urbano, el costo de transporte y alimentos representa hasta 80-90% del gasto básico de los hogares más vulnerables, por lo que un shock petrolero se traduce rápidamente en presiones inflacionarias y pérdida de poder adquisitivo. Un analista apunta que estas tensiones geopolíticas encarecen no solo los combustibles directamente, sino que generan una “cadena de efectos” en la economía: se eleva el costo del transporte de bienes, la agroindustria, la logística y la manufactura, y “todo se encarece, y el consumidor final lo siente en el día a día.

Desde la perspectiva empresarial, varios sectores clave del Perú enfrentan desafíos ante esta volatilidad en el suministro de combustible:

  • Transporte y logística: Es quizás el sector de impacto más inmediato. El alza del diésel y las gasolinas encarece la operación de camiones de carga, buses de transporte público, flotas de taxis y maquinaria logística. Las empresas de transporte podrían verse obligadas a aumentar tarifas o recortar rutas, trasladando el costo al precio final de los productos. Asimismo, posibles retrasos en la llegada de cargamentos de combustible (por desvíos de rutas o congestión naviera) podrían generar desabastecimiento temporal en algunas zonas, afectando la continuidad del servicio de transporte. Como resultado, mover mercancías y personas se vuelve más costoso y complejo, golpeando tanto a la economía formal como a actividades cotidianas de la población.

  • Agroindustria: El campo y la industria alimentaria también sienten los efectos. Gran parte de las labores agrícolas mecanizadas (tractores, cosechadoras, bombas de riego) usan diésel, al igual que el transporte de cosechas hacia los mercados. Un incremento en el precio del combustible eleva los costos de producción agrícola y de distribución de alimentos, lo que puede reflejarse en precios más altos para el consumidor urbano. Además, si hubiera variaciones en la calidad del combustible (por recibir lotes de distinta procedencia o especificación), la maquinaria agroindustrial podría experimentar un desempeño irregular o mayores necesidades de mantenimiento, algo crítico en épocas de siembra y cosecha.

  • Minería e industria extractiva: La minería es motor de la economía peruana, y depende fuertemente de combustibles para sus operaciones (maquinaria pesada, camiones de acarreo, generación eléctrica en faenas remotas, etc.). Un escenario de combustible más caro incrementa los costos operativos de las minas, reduciendo márgenes o retrasando proyectos. Si bien un conflicto en Medio Oriente podría elevar el precio de metales refugio como el oro – de lo cual Perú podría “beneficiarse marginalmente” por mayores ingresos de exportación – esta ganancia se ve opacada por el impacto negativo de la energía más costosa y la incertidumbre global en la inversión. Adicionalmente, cualquier merma en la calidad del diésel (por ejemplo, variaciones en el contenido de azufre o presencia de impurezas) puede afectar la eficiencia de los equipos mineros y aumentar el desgaste de motores, un riesgo latente cuando se recurre a proveedores alternativos de emergencia.

En síntesis, el suministro de combustible en Perú siente el impacto de la crisis de Medio Oriente a través de precios más altos, posible variabilidad en la calidad de los insumos energéticos y desafíos logísticos. Todo ello ocurre en un país sin reservas estratégicas de petróleo ni mecanismos ágiles de estabilización de precios, lo que pone en evidencia la vulnerabilidad energética nacional. Frente a esta realidad, tanto el Gobierno como el sector privado deben prepararse para mitigar riesgos y asegurar la continuidad de las operaciones críticas.

Buenas prácticas para mitigar riesgos en el suministro de combustible

Dada la volatilidad externa, es fundamental que las empresas peruanas y los sectores consumidores de combustible adopten buenas prácticas que les permitan capear las fluctuaciones en suministro y calidad. A continuación, presentamos algunas recomendaciones clave para mitigar los riesgos asociados a esta coyuntura:

  • Almacenamiento estratégico y adecuado: Mantener un stock de seguridad de combustible puede dar un margen de maniobra ante interrupciones de suministro o alzas repentinas de precio. Este combustible de reserva debe almacenarse correctamente, en tanques limpios y seguros, protegidos de la contaminación y de condiciones que puedan degradarlo (humedad, sedimentos, temperaturas extremas). Es recomendable contar con sistemas de drenaje de agua en los tanques y rotar periódicamente el producto almacenado para evitar que envejezca o pierda propiedades. Un buen manejo de inventarios de diésel o gasolinas garantiza disponibilidad en momentos críticos y reduce la dependencia de compras de emergencia a altos costos.

  • Monitoreo constante y telemetría: Implementar sistemas de monitoreo en tiempo real de los tanques de combustible ayuda a anticipar problemas y optimizar el abastecimiento. Mediante sensores y soluciones de telemetría, es posible vigilar los niveles de combustible, detectar filtraciones o consumos inusuales, y también supervisar la calidad (por ejemplo, detectando la presencia de agua, impurezas o variaciones en la densidad del carburante). Estas herramientas permiten tomar decisiones informadas – como adelantar una compra antes de que suba más el precio, o aislar un lote contaminado – y brindan trazabilidad sobre cómo se está usando el recurso. Un monitoreo proactivo es crucial en entornos volátiles, ya que previene quedarse sin suministro y evita sorpresas desagradables en la operación diaria.

  • Filtración y control de calidad del combustible: La limpieza del combustible cobra especial importancia cuando existe riesgo de variación en su procedencia o calidad. Partículas de suciedad, agua u otros contaminantes en el diésel o la gasolina pueden causar daños serios a motores y equipos, generando costos y tiempos muertos. Por ello, se aconseja instalar sistemas de filtrado en los puntos de carga y dispensado de combustible. Filtrar el carburante justo antes de ingresarlo a los vehículos o máquinas ayuda a remover agua, sedimentos y agentes contaminantes, “puliendo” el combustible para que cumpla las especificaciones requeridas. Asimismo, utilizar aditivos estabilizadores o biocidas (en el caso del diésel) puede ser útil para prevenir el crecimiento de microorganismos y mantener las propiedades del combustible durante su almacenamiento. No menos importante es llevar a cabo pruebas periódicas de calidad a las partidas de combustible recibidas: es preferible detectar y resolver un problema de calidad en el tanque de almacenamiento que enfrentar fallas mecánicas en plena operación por combustible contaminado.

  • Mantenimiento preventivo en equipos: En épocas de cambios en la calidad de los combustibles, las empresas deben redoblar la atención al mantenimiento de sus motores y maquinaria. Es crucial reemplazar filtros de combustible con la frecuencia recomendada (incluso acortando intervalos si se sospecha de combustible pesado en impurezas), revisar y limpiar tanques internos de maquinaria, y asegurarse de que sistemas sensibles (inyectores, bombas) se mantengan calibrados. Un plan de mantenimiento preventivo robusto ayudará a que los equipos toleren mejor las fluctuaciones en la calidad del combustible sin interrupciones inesperadas. Esto se traduce en mayor confiabilidad operativa pese al contexto externo adverso.

Siguiendo estas prácticas, los distintos sectores – desde una empresa agrícola almacenando diésel para sus tractores, hasta una minera operando flotas de camiones o una flota de transporte urbano – pueden reducir la vulnerabilidad ante los vaivenes del mercado internacional. La inversión en almacenamiento, monitoreo y filtración se ve compensada con creces al evitar paradas por falta de combustible o averías costosas por combustible sucio.

Conclusión: Prepararse ante la volatilidad global

El conflicto en Medio Oriente entre Irán, Israel y EE. UU. ha puesto en evidencia lo interconectado que está el suministro energético mundial. Perú, al ser importador neto de combustibles, sufre directamente las consecuencias en precios y seguridad de abastecimiento. Si bien no es posible controlar los acontecimientos geopolíticos, sí está en manos de las autoridades y las industrias locales tomar medidas de precaución. Esto incluye políticas de diversificación de proveedores, evaluación de la creación de reservas estratégicas nacionales y promoción de energías alternativas en el largo plazo. En el corto plazo, aplicar las buenas prácticas descritas (almacenamiento, monitoreo, filtración, etc.) permite a las empresas peruanas mitigar el impacto de esta crisis externa y asegurar la continuidad de sus operaciones.

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